La vida ante sí

Por GERMÁN A. OSSA E.

Escuché mucho hablar de la más reciente película de Sophia Loren. Que la iba a dirigir su hijo, que la actriz de hoy es otra, ya vieja, achacada, de muy escasa belleza y que, gracias al dinero familiar y al amor de su hijo, vuelve al cine para, de alguna manera, mostrar una cierta vigencia. Las tantas fatuas notas y chismes, ayudan en gran medida a que uno le coja pereza a la película y se anime precisamente a lo contrario, a no verla. Pero la curiosidad es más agresiva y vence las intrigas y uno en el fondo, desea saber de qué se trata esa película, qué cuenta y cómo se nos presenta la matrona de 86 años, de la cual uno tiene los mejores y más eróticos recuerdos.

Bonito nombre el de la película, ese que de entrada, le dice a uno que se va a encontrar con una historia de sentimientos, de amores, de amistades, de nostalgias y de recuerdos y dolores, todas esas cosas que tiene la vida misma, la vida ante sí, la vida.

Los españoles, caracterizados por ponerle otros títulos a las películas que no son hechas por ellos, llamaron la película “La vida por delante”, título pobre que no dice nada y que, si se quiere, no vende. “La vida ante sí” es más evocadora y, de hecho, por el suspenso que sutilmente encierra y evoca, es más provocador, más poético, más humano.

La novela que la inspira, escrita por Romain Gary ya hace muchos años (1977), había motivado a otro realizador a convertirla en película, protagonizada por la encantadora Simone Signoret.

Edoardo Ponti (el hijo de Carlo Ponti y doña Sophia Loren), en gran parte en medio de la pandemia que jodió al mundo entero, se animó a contarla de nuevo y con la veterana y extraordinaria actriz que en la vida real es su madre, sencillamente porque sabe (como muchos más realizadores de cine del mundo), que ella es una de las mejores actrices del mundo, dueña de las huellas, las manchas, las incertidumbres, las enfermedades, las nostalgias, los rencores, las rabias, las alegrías, los dolores y los amores que se requerían para desempeñar tan poderoso papel. Su presencia es potente en cada plano, así de sencillo. No importan para nada esas arrugas que invaden su rostro. Madame Rosa es el corazón de la película, con sus marcas del Holocausto y su pasado como prostituta.

Pero la película no es solo ella, ni toda gira en torno a la otrora vedette que nos hizo muchas veces soñar con sus besos, pues está acompañada de un talentoso actor negro, de escasos 12 añitos, que le ayudan a dar la fuerza que la historia necesita para contarse con lujo de detalles. Se trata de Ibrahima Gueye, pues su corta vida, ante sí, escondida detrás del nombre de Momo, un huérfano que batalla en las calles de esa enorme ciudad, con sus recuerdos de Senegal, su crianza musulmana y su presente de rebeldía, le roba en muchas oportunidades protagonismo. Algunas imágenes capturadas en planos enteros y en primerísimos primeros planos de este chiquillo, nos llegan al alma.

La astucia de Ponti estuvo en unir al joven Momo y a la ya cansada Madame Rosa, refugiada en su extraviada memoria, en un vínculo complejo y resistente ante ese mundo ajado por el cinismo y la falta de solidaridad.

Ponti es en cierta forma heredero de Vittorio De Sica, aquel que recogió en las historias de posguerra, pedazos del melodrama que conocía como actor, y entrelaza la herencia irrenunciable de ese naturalismo que el cine italiano convirtió en marca de origen con las honestas vestiduras de un género popular. Los que amamos el cine, recordamos en esta película a la Cesira de dos mujeres con algo del humor de los episodios de “Ayer, hoy y mañana”, situada ahora en el tiempo de la vejez y la evocación, perdida entre las sábanas blancas de una terraza como eco de Un día muy especial de Ettore Scola, animada con la secreta fuerza de algunos sobrevivientes.

Genial el trabajo de dirección de arte, pues esa casa de Madame Rosa a la que Momo llega a regañadientes, como un refugiado indeseado, se convierte en un territorio de fantasmas, propios y ajenos, que se alojan en un sótano, que se comparten como los cuentos para irse a dormir.

Raro, hay en la cinta una serie de personajes duros, golpeados, casi inertes, pero cuando la misma llega a su fin, el espectador siente que ha recibido una muy fuerte dosis de ternura que lo tranquiliza.